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domingo, 6 de mayo de 2018

“No sigas buscando” le dijo una voz que venía de detrás de él, “porque ya me has encontrado”.





Buscando a Buda

Buda peregrinaba por el mundo para encontrarse con aquellos que se llamaban a sí mismos sus discípulos y hablarles acerca de la verdad.

A su paso, la gente que creía en sus palabras llegaba a centenares para escucharle, verle o tocarle, seguramente por una única vez en su vida.

Cuatro monjes supieron que Buda estaría en la ciudad de Vaali , cargaron sus cosas en sus mulas y emprendieron el viaje que duraría, si todo iba bien, varias semanas.

Después de tres días de marcha les sorprendió una gran tormenta. Los monjes apresuraron su paso y llegaron a un pueblo, donde buscaron refugio hasta que pasara la tormenta.

Pero el último no llego al poblado y tuvo que pedir refugio en casa de un pastor, en las afueras. El pastor le dio abrigo, techo y comida para pasar la noche.

A la mañana siguiente, cuando el monje estaba preparado para partir, fue a despedirse del pastor. Al acercarse al corral, vio que la tormenta había espantado a las ovejas y que el pastor estaba tratando de reunirlas. El monje pensó que sus compañeros estarían ya saliendo del pueblo, y que si no se iba pronto se alejaría demasiado. Pero él no podía seguir su camino dejando al pastor a su suerte, por ello decidió quedarse con el hasta que hubiera conseguido reunir el ganado de nuevo.

Siguiendo las huellas de los demás, paro en una granja a repostar su provisión de agua.

Una mujer le indico donde estaba el pozo y se disculpó por no poder ayudarle, ya que debía de seguir trabajando en su cosecha. La mujer le contó que, tras la muerte de su marido, les resultaba muy difícil a ella y a sus pequeños hijos recoger toda la cosecha antes de que se perdiera.

El hombre se dio cuenta de que la mujer nunca llegaría a recoger la cosecha a tiempo, pero sabía que si se quedaba perdería el rastro y no podría estar en Vaali cuando Buda llegara a la ciudad.

Los veré unos días después, pensó, sabiendo que Buda se quedaría varios días. La cosecha duro tres semanas y, en cuanto termino la tarea el monje reanudo su marcha.

Veinte años pasó el monje siguiendo el camino de Buda....Cada vez que se acercaba sucedía algo que retrasaba su viaje.

Finalmente se enteró de que Buda había decidido ir a morir a su ciudad natal

La víspera de llegar al pueblo casi tropezó con un ciervo herido en medio del camino. Lo auxilió, le dio de beber y cubrió sus heridas con barro fresco.

Alguien debería de quedarse con él, pensó, para que yo pueda seguir mi camino. Pero no había nadie a la vista.

Con mucha ternura le acomodó contra unas rocas para seguir su marcha, le dejó agua y comida al alcance del hocico y se levantó para irse, sólo llegó a dar dos pasos cuando, inmediatamente, se dio cuenta de que no podía presentarse ante Buda sabiendo, en lo más profundo de su corazón, que había dejado solo a un indefenso moribundo.

Así que descargo la mula y se quedó a cuidar al animalito. Durante toda la noche velo su sueño como si cuidara de un hijo. Le dio de beber en la boca y cambio paños sobre su fuente. Al amanecer, el ciervo se había recuperado.

El monje se levantó, se sentó en un lugar retirado y lloró... Finalmente había perdido su última oportunidad.

Ya no podré encontrarte, dijo en voz alta.

“No sigas buscando” le dijo una voz que venía de detrás de él, “porque ya me has encontrado”.

El monje se dio la vuelta y vio como el ciervo se llenaba de luz y tomaba la forma redondeada de Buda.
Me hubieras perdido si me hubieras dejado morir esta noche para ir a mi encuentro en el pueblo...Y respecto a mi muerte, no te inquietes, Buda no puede morir mientras haya personas como tú, que son capaces de seguir mi camino durante años, sacrificando sus deseos por las necesidades de otros. Eso es el Buda. El Buda está aquí.

Autor: desconocido

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