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martes, 5 de agosto de 2014

La Fuerza del Espíritu | Wayne Dyer Está escrito en el Bhagavad Gita, el antiguo libro santo oriental:





























 «Nacemos en un mundo de naturaleza; nuestro segundo naci­miento es en un mundo de espíritu».  

Este mundo espiritual se presenta a menudo como algo separado o distinto de nuestro mundo físico. Creo que es importante ver lo espiritual como una parte de lo físico y no separar estas dos dimensiones de nuestra realidad. Juntos forman un todo. El espíritu representa lo que no podemos validar con nuestros sentidos. Algo parecido al viento, que podemos sentir pero no tocar.

Dos grandes santos de diferentes partes del mundo, así como de diferentes creencias religiosas, han descrito así el espíritu: «El espíritu es la vida de Dios dentro de nosotros» (santa Teresa de Ávila); «Lo que arrastra la mente hacia fuera es inespiritual, y lo que arrastra la mente hacia dentro es espiritual» (Ramana Ma-harishi). 

La clave para comprender lo espiritual está en esta idea del mundo interior y el mundo exterior; un solo mundo, pero dos aspectos únicos del ser humano. 

Tengo un amigo que com­para lo físico con una bombilla y lo espiritual con la electricidad. Insiste en que la electricidad existe desde hace tanto tiempo como la espiritualidad, pero cuando fue descubierta no hicimos de ella una religión.

Asimismo, la espiritualidad a la que yo me refiero nada tie­ne que ver con lo religioso. La religión supone la presencia de una ortodoxia, unas reglas y unos textos sagrados por los que la gente se guía durante largos períodos de tiempo. En general, la gente nace en una religión y se la educa para que siga las cos­tumbres y prácticas de esa religión sin preguntar. Se trata de costumbres y expectativas exteriores a la persona y no entran en mi definición de lo espiritual.

Prefiero la definición de espiritualidad descrita en las obser­vaciones de santa Teresa y de Maharishi.  

La espiritualidad viene de nuestro interior y es el resultado del reconocimiento, la per­cepción y la reverencia.  

Para mí, la práctica espiritual es una manera de hacer que mi vida funcione a un nivel más elevado y de ser guiado hacia la solución de los problemas. La manera en que yo, personalmente, lo hago, implica unas prácticas sim­ples pero básicas. Las he enumerado por orden de importancia para mí.

1.     Rendición

Es la primera porque es la más importante y a menudo la más difícil. A los que creen que la vida es un proyecto de «hágalo us­ted mismo» les resulta difícil admitir que necesitamos la ayuda de otros sólo para sobrevivir un día. Para rendirte, debes ser capaz de admitir que estás indefenso. Eso es, indefenso.

En la rendición, mis pensamientos son algo así: «Sencillamen­te, no sé cómo resolver esta situación y se la entregó a la misma fuerza a la que entrego mi cuerpo físico cada noche cuando me duermo. Confío en que gracias a esta fuerza seguiré digiriendo mi comida, mi sangre seguirá circulando, etcétera. 

La fuerza está ahí, a mi alcance, y yo voy a tratar a esta fuerza, a la que llamaré Dios, como a un compañero de más edad. Tomaré las palabras de las escrituras al pie de la letra: “Todo lo que tengo es tuyo”. Estoy dispuesto a entregar cualquier problema a esta fuerza invi­sible que es mi origen, al tiempo que seguiré teniendo presente que estoy conectado en todo momento con ese origen».

En otras palabras, la vida espiritual es una manera de caminar con Dios en lugar de caminar solo.

2.     Amor

Activar las soluciones espirituales significa transformar los pen­samientos y sentimientos de discordia y falta de armonía en amor. En el espíritu de la rendición y del amor encuentro útil entonar para mí mismo: «Invito al bien más elevado para todos los interesados a que esté aquí ahora».

Intento ver la ira, el odio y la falta de armonía como invitaciones a la rendición y al amor.

Pueden ser la puerta que nos lleve a asumir la responsabilidad de nuestros pensamientos y sentimientos que nos permita acceder al mundo interior de la espiritualidad. Al ser consciente de esto, tengo la opción de dejar que el espíritu se manifieste y trabaje para mí.

Yo empleo la metáfora de un cable largo que cuelga de mi cadera y tengo la opción de conectarlo a dos enchufes. Cuando lo enchufo en el del mundo material, recibo la ilusión de la falta de armonía y eso se manifiesta en mi interior. Me siento indispuesto, dolido, alterado, angustiado y desesperado y no soy capaz de resolver o corregir mi problema. 

Cuando estoy conec­tado de esta manera lucho para obtener falsos poderes, cerrando la puerta al poder místico o espiritual. Definir el poder sólo en términos materiales es una clara indicación de que estamos des­conectados espiritualmente.

Cuando imagino que este cable se desenchufa del mundo material y se enchufa al espiritual, experimento de inmediato una sensación de paz y alivio. Esta metáfora del enchufe espiri­tual me recuerda al instante que debo sustituir la angustia o la frustración por el amor. Me relajo y recuerdo que el espíritu es Dios, que es sinónimo de amor. Emanuel Swedenborg expresó esta idea cuando recordó a sus alumnos: «La esencia divina mis­ma es el amor».  

Este sentimiento de amor es la sustancia que mantiene unidas todas las células de nuestro universo. Se trata de cooperar con y no de luchar contra. Se trata de confiar, no de dudar. ¿Sencillo? Sí. Pero hay algo más: es profundamente eficaz para resolver problemas.  

El amor, y sólo el amor, disuelve toda la negatividad, pero no lo hace atacándola, sino bañándola en frecuencias más elevadas, igual que la luz disuelve la oscuri­dad con su sola presencia.
 

3.   Infinito

Carl Jung nos recuerda que: «El aspecto más revelador de la vida de una persona es su relación con el infinito [...]». Mi concepto del infinito engloba la aceptación, sin lugar a dudas, de que la vida es indestructible. La vida puede cambiar de forma pero no puede destruirse. Creo que nuestro espíritu es inseparable del infinito.

Este conocimiento de nuestra naturaleza infinita es muy útil para poner todo en perspectiva. Confiar en la parte de nosotros mismos que siempre ha sido y siempre será alivia la tensión pro­ducida por cualquier situación dada. «El espíritu da vida, la carne no cuenta para nada», nos dicen las escrituras. Todas estas cosas que percibimos como nosotros mismos pertenecen a la carne. En términos de infinito, no «cuentan para nada».

Cuando me desconecto de lo material y vuelvo a conectar­me con lo espiritual, abandono de inmediato el miedo, los pre­juicios y la negatividad. Sé que debo aplicar la energía de lo es­piritual a mi circunstancia vital inmediata. 

Recibo amor infinito de esa nueva fuente de energía. Esta siempre ha estado ahí, pero ahora reconozco este poder infinito y veo que todos mis circui­tos funcionan con esta única fuente.

4.   Mente vacía

Mi método espiritual de resolver problemas consiste en estar en silencio y dejar fluir mis ideas sobre cómo debería resolverse algo. En este espacio, escucho y me permito tener la fe absoluta de que seré guiado en la dirección correcta. Llámalo medita­ción, o plegaria si lo prefieres; tengo la firme convicción de que es necesario meditar para nutrir el alma y acceder a la ayuda divina.

Tras el acto en sí de la meditación existe la voluntad de va­ciar rni mente de lo que tengo que hacer y de estar abierto a lo que, inevitablemente, acudirá a mí. 

Envío un mensaje a rni ego, que dice: «Voy a confiar en el mismo poder que mueve las gala­xias y da vida a un bebé y no en mis juicios egoístas sobre cómo me gustaría que fueran ahora las cosas». Abandono mis pensa­mientos al poder que tiene el espíritu de hacer que las cosas funcionen y me deshago de todo lo que interfiere en la perfecta expresión de Dios dentro de mí.

Vaciar por completo la mente de las cosas que hemos de hacer conduce al perdón, que es un componente vital de esta práctica. Alcanzar un estado de vacío significa deshacernos de todos los pensamientos de ira y de culpa por lo que ha ocurri­do en el pasado. 

Vacío significa eso: vacío. No hay espacio para aferramos a quién hizo qué y cuándo, y qué equivocados esta­ban. Lo dejamos ir, simplemente, y lo que queremos es seguir las normas de Dios, que funcionan, y arrojar por la borda las nuestras, que es evidente que no funcionan.  

Así, cuando vacia­mos nuestra mente de nuestros pensamientos dirigidos por el ego, invitamos a que el perdón more en nuestro corazón, y al liberarnos de las energías inferiores del odio, la vergüenza y la venganza creamos una predisposición a la resolución de pro­blemas.

5.   Generosidad y agradecimiento

A veces siento la necesidad de recordarme a mí mismo que he­mos venido a este mundo sin nada y que nos marcharemos de la misma manera. De modo que encontrar una solución espiritual a cada problema significa hacer lo único que podemos hacer en la vida, que es darla y, al mismo tiempo, agradecer la oportuni­dad de hacerlo. Esta es una fórmula que a mí me funciona:

— Recibo del mundo exactamente lo que yo he dado al mundo, lo cual es una manera de expresar el proverbio: «Como sembrares, recogerás».

— Si el mensaje que doy al universo es: «Dame, dame, dame», el universo me enviará el mismo mensaje: «Dame, dame, dame». El resultado es que nunca me sentiré en paz y estaré condenado a pasarme la vida intentando satisfacer todas las exigencias que se me imponen.

— Si mi mensaje al universo es: «¿Qué puedo dar?» o «¿De qué manera puedo servir?», el mensaje que recibiré del universo será: «¿Cómo puedo servirte a ti?» o «¿Qué puedo darte?». Por tanto, experimento la magia de enviar pensamientos generosos y energía allá a donde voy.

Recomiendo que en tu práctica espiritual seas generoso y agradecido con tus pensamientos. Cuantos más pensamientos de «Cómo puedo servir» tengas en lugar de «¿Qué hay para mí?», más oirás que te responden: «¿Cómo puedo servirte a ti?».

6.   Conexión

El poeta sufi Rumi explicó una vez que los términos yo, tú, mí, él, ella y ellos son distinciones que no tienen cabida en el jar­dín de los místicos. En la conciencia espiritual te ves a ti mismo como una flor de este jardín y ves a los demás conectados con­tigo de un modo invisible. Eso te permite ver la gran cantidad de ayuda que tienes a tu disposición.

En el nivel de la conciencia espiritual, sabemos que esta­mos conectados con todo el mundo. Nos damos cuenta de que compartimos nuestras preocupaciones y dificultades con todos los demás. Los problemas no afectan a nuestro cuerpo, a nuestra mente o a nuestra personalidad, porque hemos dejado de iden­tificarnos únicamente con nuestro cuerpo, con nuestra persona­lidad y todos sus logros. En cambio, empezamos a vernos a no­sotros mismos como el amado.

Alimenta tu sensación de conexión con todo el mundo y también con Dios. Esto te permite apartar a tu ego de los con­flictos. No veas a nadie como a un enemigo, ni mires a nadie como un obstáculo para la realización.

Este conocimiento, esta conciencia de que eres parte de todo el mundo te permite eli­minar la ira y la frustración con respecto a los demás y verlos como compañeros en la resolución de problemas.

Hay personas que pueden ayudarte a encontrar el empleo que necesitas, a resolver un problema complicado que parece irreconciliable, a que pongas los pies en el suelo y a resolver di­ficultades económicas. Todo el mundo se vuelve un compatrio­ta en lugar de ser un competidor. Ésta es la conciencia espiritual que yo practico.

No estamos solos. No somos lo que tenemos, lo que hace­mos, lo que los demás piensan de nosotros. Estamos conectados con Dios y con todas las creaciones de Dios, y, en consecuencia, cada uno de nosotros dispone de una serie ilimitada de recursos para disfrutar de un estado de paz y para resolver los problemas.

Estar conectado significa, literalmente, que en cualquier mo­mento de tu vida puedes pedir que el amor que te rodea y te une a todo el mundo y todo lo demás te guíe. Luego, abando­nas tus imágenes negativas y te concentras en los demás y todo lo que ves como una ayuda. En esos momentos se materializará la persona o el acontecimiento que precisas y te ayudará.

En momentos de desesperación, procuro recordarme a mí mismo la bella afirmación hecha en A Course in Miracles: «Pue­do elegir la paz, y no esto». Funciona. O empleo a menudo esta afirmación: «No veo nada. No oigo nada. No hay nada separa­do de mí».

7.  Alegría

Por lo que se refiere a las apariencias, hay algo perceptible en las personas que han alcanzado un nivel elevado de conciencia es­piritual, y es que dan la impresión de hallarse en un constante estado de felicidad. En mi vida, el grado de alegría que siento me sirve para determinar el nivel de iluminación espiritual de que gozo en cada momento. Cuanto más alegre, feliz, contento y satisfecho me siento, más consciente soy de mi profunda co­nexión con el espíritu.

Hazte esta pregunta: « ¿Cómo me siento habitualmente? ». Si tu respuesta es que te sientes ansioso, angustiado, dolido, de­primido, frustrado, etcétera, es que estás desconectado espiritualmente. Esto podría significar que has dejado que tu campo de energía personal se contamine con las fuerzas debilitadoras de los que se encuentran en tu espacio vital inmediato. (En el quin­to capítulo hablaré sobre este tema y de cómo evitar que tu campo de energía se contamine.)

Cuando estás conectado espiritualmente, no te ofendes y no juzgas a los demás ni les pones etiquetas. Te hayas en un estado de gracia, libre de la influencia que pueda tener cualquier persona o cosa ajena a ti.

A menudo me hago la pregunta: «¿Cómo me siento real­mente por dentro?». Si mi respuesta es: «No muy bien», o «Preo­cupado», medito y voy a un lugar tranquilo para conectarme al enchufe espiritual. El estado de alegría regresa de inmediato. Todos los maestros que han tenido verdadera importancia en mi vida poseían esta maravillosa capacidad de reír, de tomarse la vida con ligereza, de ser infantiles y alegres.

Prueba de esta manera tu nivel de conciencia espiritual y, si no estás alegre, recuerda que nunca estarás plenamente satisfecho más que en Dios. Me gusta mucho la visión de Erich Fromm: «El hombre es el único animal que puede aburrirse, que puede estar descontento, que puede sentirse expulsado del Paraíso». Sólo tú puedes expulsarte del Jardín del Edén.

Así pues, defino lo espiritual con estas siete palabras: Rendi­ción, amor, infinito, vacío, generosidad, conexión, alegría.

“LA FUERZA DEL ESPÍRITU”
Dr. Wayne Dyer




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