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domingo, 8 de noviembre de 2015

SOBRE LA VIDA, LA MUERTE Y EL MÁS ALLÁ

PATROCINIO NAVARRO


SOBRE LA VIDA, LA MUERTE Y EL MÁS ALLÁ
No viene mal en estos días que tanto se habla de la muerte, de los difuntos, y del Más Allá, el adentrarse un poco en estos temas de los que el resto del año pocos parecen preocuparse, al menos en público. Y es que si de algo tendemos es a huir de estos asuntos de los que – a pesar de preocuparnos en lo más íntimo- estamos tan mal informados, dudoso honor que le debemos a la Iglesia. Sin embargo, estos temas no son de interés mortal, sino de interés vital, de interés para la vida aunque la Iglesia haya introducido pacientemente tres cosas que explota durante siglos: el miedo a la muerte, la verdad sobre qué hay en el Más Allá, y la negación de la reencarnación, a la que sustituye por lo que llama “la resurrección de los muertos” tras un supuesto Juicio Final. Cada uno, según la Iglesia, recuperará sus huesos en ese feliz día, lo que abre a interrogación sobre si lo que se predica es la eternidad, pero finalmente en este mundo. El absurdo está servido.
La superchería pagana del Vaticano
Durante siglos, la Iglesia puso en macha el culto a los muertos (con su “día de los santos” y “día de los difuntos”, y el culto a las reliquias. Todas estas fiestas son herencias del paganismo, que tienen tan poco que ver con Cristo y el cristianismo como la propia Iglesia. Es gracias a estas supercherías cómo la Institución ha conseguido amarrar con invisibles maromas a tantas personas, sumiéndolas en la angustia ante la muerte y haciéndoles creer que los curas perdonan los pecados para no ir al Infierno, otro invento genial para el amarre. Además hacen creer que tienen el privilegio de conocer los misterios del Cielo, y que pueden propiciar a los difuntos con sus rezos y sus misas una buena estancia en el Más Allá. Pretenden que gracias a ellos los difuntos pueden al fin “descansar en paz”. Los cuerpos, desde luego que descansan, devueltos a la madre naturaleza de la que proceden, pero las almas ya será otra cosa. Cristo nos dice: “Como el árbol caiga, así quedará”, refiriéndose a que después de la muerte seremos como fuimos en nuestra existencia terrenal. Ni mejores ni peores ni más listos ni más tontos.
Pero entre tanta superstición programada para atrapar a incautos hay al menos una verdad que la Iglesia: que el alma es inmortal y la muerte algo transitorio aunque para la Institución sea algo definitivo al no admitir la reencarnación que Cristo predicó (nótese bien) y los primeros cristianos siguieron hasta que el emperador Constantino decidió que la Iglesia debía silenciar eso y perseguir a sus creyentes. Entre ellos debemos citar a obispos como Orígenes, uno de los “padres fundadores”.
¿Y cuál es la verdad?
El que esto escribe habla de las enseñanzas del cristianismo originario, tal como se expresa en algunos libros (*) cuya lectura recomiendo encarecidamente. En esos textos se parte de la consideración de que cada uno es una energía, indestructible como tal, a imagen y semejanza de la propia energía de Dios. Por tanto, energía eterna. O sea, más allá del tiempo y del espacio, que son dimensiones de la materia. Como energía eterna encarnamos en cada existencia en cuerpos materiales frágiles y poco duraderos, pero nosotros no somos ese cuerpo: Solo quienes lo habitan provisionalmente. No es este cuerpo el que está hecho a imagen y semejanza de Dios, sino según nuestros propios programas mentales que determinan nuestras formas corporales.
Debido entonces a inmortalidad de nuestra energía personal, podemos encarnar en vidas diferentes con cuerpos humanos diferentes, en lugares, con personas, grupos sociales, trabajos, aficiones, etc., diferentes. No es por casualidad que esto suceda, pues todo está sujeto a la Ley causal que rige el universo. Pues bien, nacemos en las circunstancias sociales y ambientales que van a favorecer el encuentro con nuestras causas pendientes de esta o de otras existencias. Por tanto nuestras experiencias personales no son casuales, sino causales. Los encuentros y desencuentros, los avatares diversos que tenemos con las personas que nos vamos encontrando en nuestras vidas, partiendo ya de nuestras propias familias, son exactamente los que deben ser para darnos la oportunidad de corregir lo que debemos corregir: de recoger nuestra cosecha de causas en forma de efectos y tener así la oportunidad de corregir el rumbo de nuestras almas. No es casual, por ejemplo, que en un encuentro fortuito en apariencia nos encontremos con alguien en quien hallamos los mismos defectos con los que hicimos daño a otros. Son nuestras analogías y el encuentro con la cosecha de nuestras siembras.
Las analogías
El prójimo es nuestro espejo. Muestra nuestras analogías o "puntos flacos" que deberíamos reconocer y purificar con la ayuda de Cristo. De resistirnos una y otra vez nos tocará expiar, o sea, sufrir las consecuencias en forma de enfermedades, golpes del destino y otras adversidades. No es castigo divino, sino consecuencia de la ley de causa y efecto, pues en el orden universal, que es armonía, las causas deben desaparecer para que exista esa armonía.
Las analogías acabarán dañándonos si no alcanzamos a reconocernos y corregir en su momento lo que tanto nos molesta del vecino, del amigo, de la pareja. Esas son cargas de nuestra alma.
Pero está bien que las analogías nos molesten, porque al igual que sucede con los síntomas de las enfermedades físicas, que nos molestan y empujan a buscar medidas sanadoras, las analogías son síntomas de enfermedades del alma que aparecen en el momento que estamos preparados para poderlas superar, pues Dios no permite que Sus hijos se vean sometidos a pruebas que no pueden afrontar, puesto que no cabe en Él la injusticia.
¿Permitiría un padre humano que un hijo pequeño cargase con un pesado baúl? Además de absurdo sería un acto de sadismo .Otra cosa es que en uso del libre albedrío uno no quiera enfrentarse a ese destino personal que ha ido construyendo, y que constituye su karma (o cuentas pendientes) y tome decisiones escapistas (drogas, agresiones, provocación de conflictos, suicidios, etc.). Entonces eso quedaría pendiente, como quien tiene que limpiar la suciedad de una habitación y en lugar de eso se marcha. Efectivamente, es libre de marcharse, pero la habitación, que es su responsabilidad, espera a la vuelta, igual de sucia. Y cuando llegado el día muere el cuerpo, le espera a la vuelta de Más Allá otro cuerpo distinto, un nuevo nacimiento, para completar su trabajo, pues la habitación debe limpiarse antes o después, y nadie lo puede hacer por nosotros. ¿Cuántas veces tendremos que nacer para ser puros de corazón? Eso cada uno lo determina hasta que sea posible, pues la energía de la Caída se está acabando, y llegará un día en que ya no será posible volver a nacer aquí. (Cristo dijo).
Karma
El karma determina el curso de nuestra vida. El refranero castellano sentencia con gran sabiduría: “Quien siembra vientos, recoge tempestades”. No es casual nacer con un defecto físico, en un país del tercer mundo, en medio de una guerra, ser secuestrado, muerto en un bombardeo, tal vez asesinado, o ser mujer violada, etc. Todo esto lleva en sí una terrible carga dramática, pero, por duro que resulte el afrontarlo, lleva la misma terrible carga y el mismo dolor producido a otros por el mismo que ahora lo sufre: es la recogida de su propia cosecha. ¿Durante cuántas existencias?....
¿Podemos esperar de los responsables de bombardear un país y matar a miles de personas que tengan, como almas -tanto aquí como en los planos del más allá correspondientes a su vibración- una vida espiritual serena, y puedan renacer un día tranquilos, bondadosos, generosos, etc.? Es difícil decir que puedan descansar en paz, por más misas y responsos que los curas les dediquen. Tienen asuntos pendientes.
La enseñanza de la ley del Karma es universal. Igual podemos decir de la enseñanza de la reencarnación. Ambas están presentes en el Egipto milenario, en todas las filosofías espirituales, en el misticismo de todas las religiones, incluido el cristianismo originario, y en la tradición oral de todas las culturas. Además, la ciencia lo avala desde la teoría de la relatividad, pues ninguna energía se pierde” (Einstein dixit)
Sin embargo la presente humanidad a menudo vive de espaldas a la sabiduría acumulada por sus propios antepasados y no acepta fácilmente la Ley de Causa y Efecto. Todo eso se puede aceptar mentalmente, pero si no se incorpora a la propia vida, no sirve de nada. Así, cuando recibimos a lo largo de nuestra existencia alguna dura lección, un reproche o una advertencia seria sobre nuestra forma de pensar, de actuar o de sentir, inmediatamente nuestro ego establece los sistemas defensivos que justifiquen esas actuaciones nuestras. El ego no quiere saber toda la verdad, sino la porción de verdad que le halague. Cuando es sorprendido en falta, su primera reacción suele ser culpar a otros y no reconocer su propia parte: la maldad siempre es ajena. Esto tranquiliza mucho a nuestro ego, porque puede seguir reinando tranquilo. El defecto que no reconocemos le sostiene en el trono, sí, pero en una sala del trono sucia.
Del Más Allá al “Acá”.
Lo que un difunto se encuentra en el Más Allá, va a depender de lo que pensó, sintió e hizo en el “acá”. Todas estas son formas de energía y puesto que ninguna energía se pierde, nuestra energía personal, debido a que lo semejante atrae a lo semejante, se incorporará tras la muerte física a planetas de energía afín. Ya lo dijo Cristo: “En la Casa de mi Padre hay muchas moradas”. Y hasta que alcanzamos la perfección espiritual – lo que puede llevarnos alguna que otra existencia en este mundo- y podamos alcanzar el Reino de los Cielos, viviremos en planetas intermedios acordes con nuestra evolución espiritual, pero no en el Reino de los Cielos, hasta tener de nuevo la oportunidad de un nuevo nacimiento en la Tierra, regresados a recoger el resultado de existencias anteriores. Y vuelta a empezar hasta que seamos capaces de superar nuestras miserias con ayuda de Cristo, nuestro hermano mayor, reconociéndonos sin tapujos, pidiendo perdón y perdonando para seguir avanzando hacia el Reino del que partimos en la Caída.
30 de Noviembre de 2015
(*) BIBLIOGRAFÍA (Editorial Vida Universal)





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